13/04/2012
08/03/2012
Elise
Tiempo aproximado de lectura: 2 minutos y medio.
Mírate al espejo. Pantalones, camisa ribeteada con unos tirantes, zapatos. Todo correcto. Vas a salir. Gabardina y sombrero. ¿Gafas de sol? No, por la noche no. Pero no sabes a que hora volverás, ¿verdad? No lo se, nunca he hecho esto. Cógelas. Coge las llaves. Besa a tu mujer como si no la fueras a volver a ver. Que fea es, ¿por qué la elegiste a ella? No me gusta como huele. Elise era mucho mejor ¿Recuerdas como solías imaginar el olor de sus bragas? Hasta que te invitó a sus casa para hacer juntos el trabajo de naturales. Gracias señorita Jeeves, gracias de verdad. Fuiste al baño y ahí estaban, en el cesto de la ropa sucia. Que asco, pensaste. ¿Estás listo? Lo estoy. Abre la puerta, ponte las gafas de sol. No. Está bien, te concedo esta. Baja las escaleras, sal a la calle. ¿Como podían oler tan mal? Solo tenía doce años. Que asco, QUE ASCO te dijiste. Olían igual que tus calzoncillos. No te quedes quieto, sabes a donde vamos. Camina. Ella me gustaba. Y todas las que vinieron después, ¿verdad? ¿Qué tenía ella de especial? ¿Qué tenía Elise? No pares, tenemos que llegar cuanto antes. Así me gusta, desgasta estos zapatos de maricón de quinientos dólares. ¿Sabes que con Elise nunca habrías ganado este dinero, no? No te habrías comprado estos zapatos, ni tendrías el mueble bar repleto de pequeñas joyas embotelladas. Eres un borracho Ayurdi, te bebes tu dinero. Primera noche de sexo con Elise. Sigue andando, estamos a solo dos manzanas. Te fumas tu dinero. Sabes que esos puros los han liado niños con sus manos, pero te da igual. Me das asco. Que pasa, ¿Te gustan los niños? ¿Te gustan las pequeñas manos de los niños? No claro que no. A ti ya no te gusta nada. Elise diciéndote que eres bueno, que deberías publicar tu obra. Escribes porque no tienes nada mejor que hacer, porque no sabes hacer nada. Dejaste escapar a Elise y te conformaste con tu mujer. Cállate. ¿Puedo comértela? Te dice. ¿Qué te pasa Ayurdi? ¿Qué mierdas te pasa? Ya que no eres capaz de amarla por lo menos fóllatela. Aunque no se sienta querida, por lo menos haz que se sienta deseada. Entra en el bar. Yo quiero a Elise. Ya no está. ¿Recuerdas? Elise, me obstruyes la creatividad. Elise, no me dejas volar. Elise, necesito espacio. Elise, necesito tiempo. Elise, suelta eso. Elise, no me creo que esté cargada. Hola suegra, Elise ha muerto. Pide un vaso de ginebra. Yo bebo whisky. Ya no, ahora bebes ginebra.
06/03/2012
Caramelitos de morfina
Tiempo aproximado de lectura: 2 minutos.
La reacción habitual cuando uno ve a una persona sin manos es sentir lástima. La reacción habitual cuando uno se encuentra sin manos no la había vivido hasta ese momento. No se y realmente no me importa como lo viven los demás. Yo bebí. Bebí hasta que perdí el sentido y desperté en un hospital. Los hospitales son sitios donde la gente va a morir, o por lo menos a sufrir. Nadie iría a un hospital por placer. Excepto tal vez los “yonkis”. Adictos a diferentes medicamentos, a la atención –obligada- de otros seres humanos, a la compañía de seres sin nombre. Cuando desperté sentí dolor, los muñones me ardían como si miles de hormigas se hubiesen comido las manos a pequeños mordiscos y ahora se estuvieran cagando en la herida. Pero sin duda el mayor dolor fue la decepción de ver el culo de esa enfermera, ese culo joven, perfecto, y no poder tocarlo. Me daba igual todo lo demás, no me importaba
No poder escribir bien,
No poder cocinar,
No poder saludar,
No poder repicar un ritmo con los dedos sobre la mesa,
No poder limpiarme el culo,
No poder coger un vaso de ginebra.
Sólo me importaba no poder acariciar ese culo.
Estuve unos cuantos días postrado, aficionándome a la codeína que me traía la enfermera tres veces al día. De vez en cuando venía un médico a visitarme, siempre el mismo tipo vestido con bata y cabello engominado. Demasiado rico y joven para saber de que iba realmente su trabajo. Examinaba con sus dos manos mis muñones heridos y le indicaba a la enfermera que siguiera con las curas. Que hijo de puta, seguro que se la machacaba pensando en ella. Pero jamás le había puesto la mano encima, eso no; ella era mi princesa.
Cuando salí del hospital me despedí de ella, le dije “Soy Ayurdi, el escritor, vente conmigo”. Sonrió y seguí con sus cosas. Era un caballero sin manos para poder empuñar la lanza. Por lo menos tenía dinero. Y en casa tenía, al menos, dos botellas de ginebra. Y una idea para una novela. Si, la vida a veces se porta bien.
05/03/2012
Hola, Dídac
Tiempo aproximado de lectura: 1 minuto y medio
He tardado algo más de veintisiete años pero por fin me he acostumbrado a mi cara. No se trata de que hasta ahora me sorprendiera o asustase al mirarme en un espejo. Sabía que ese era yo, pero era más bien una cuestión de fe en la física y cierto conocimiento de la refracción y la reflexión de la luz, que de conocer a esa persona.
Pero hoy me he levantado para bajar del tren, me he puesto el abrigo, y me he visto reflejado en la ventana –era oscuro ya. Y por primera vez, al verme he pensado que ese era yo. No se ha tratado esta vez de un reflejo como hasta ahora, no, he visto una cara que me representa.
He visto el cansancio del trabajo, las entradas en el pelo, lo ojos preocupados por las entradas en el pelo, la incipiente esferificación de mi rostro –aquí he exagerado un poco, pero es cierto que he engordado últimamente-, esas gafas que no he cambiado en siete años, esas que compré cuando decidí cortarme mas de cincuenta centímetros de cabello, esta barba que me recuerda mi mas reciente episodio emocional –ellas las prefieren largas. Y lejos, parece ser. También he reconocido este bigote de la-mujer-de-la-limpieza-me-ha-perdido-la-maquinilla-de-afeitar.
Sólo he tenido unos diez segundos para verme, y para saludarme. “Hola Dídac. ¿Sabes? No estás tan mal, pero aféitate”. Luego he ido a comprar unas lonchas de pavo, una cebolla, y un pack de cerveza. Hay que ver las cosas que compra Dídac cuando está solo.
18/02/2012
Los guisantes siempre saben a soledad
Tiempo aproximado de lectura: 1 minuto y medio
A la persona de la que voy a hablar le gusta pensar que la muerte es inminente para cualquiera de nosotros, sea cual sea el grupo de riesgo al que pertenezca cada uno. En cualquier instante posterior al actual, se puede sufrir un accidente. No cree que deba hacer un dogma de esta creencia, ni tampoco tiene consecuencias implícitas en su modo de vida, pero está ahí, es un pensamiento que a veces le sorprende, habitualmente en momentos de poco peligro, como cuando está sentado en el baño, o en la cama antes de dormir.
Recuerda la primera vez que pensó esto. Sería muy lógico creer que fue en su juventud, en el transcurso -o inmediatamente después- de una experiencia cercana a la muerte. Eso habría tenido su lógica y un fantástico toque de epifanía. Pero sólo una de las dos afirmaciones es cierta. Tenía catorce años, el pelo largo, pocos amigos, la normal afición por el onanismo y mucho tiempo libre. Estaba sentado frente a un plato de guisantes. Más concretamente estaba sentado frente a una mesa, un mantel, un par de juegos de cubiertos, dos vasos, su madre, y un plato de guisantes. En su vaso había cerveza, la única concesión de ella cuando le servía verdura para cenar.
Vio en el plato aquellas pequeñas bolas verdes, aisladas una de otra por una piel brillante y resbaladiza. Pensó en su madre y su padre, en el agua y el aceite, pensó en aquella chica de su clase y también en la vida y la muerte. Pensó en la estadística y el azar. Cualquier cosa para evitar comerse los guisantes. Creyó entender muchas cosas. La gente, las cosas tangibles –y otras no tanto, como el tiempo-, parecían estar todas separadas por una espesa capa de identidad. Como guisantes rodamos por este pequeño plato al que solemos llamar vida, hasta que un tenedor nos pincha. Y eso puede llegar en cualquier momento, sólo es necesario que una mente adolescente decida pegar otro bocado.
02/02/2012
Una gabardina no hace a un detective
Tiempo aproximado de lectura: 1 minuto y medio
…una gabardina no hace a un detective, me decía a mí mismo, sino la capacidad de espiar –tal vez matar- por dinero a la mujer en la q lo gastaría por vicio. El camino hacia el club estaba siendo más aburrido de lo habitual. Sentía que la mano que narraba mi vida estaba perdiendo interés por mí. No podía culparla. Me había convertido un viejo a mi corta edad, me costaba mirar a las mujeres por encima de la clavícula. Olía a ginebra y fumaba en la ducha. Y la gente me aclamaba por ello.
Y ahí estaba ella, tan puta, tan rubia, y tan culpable como mis zapatos viejos lo eran de mi cojera. La invité a una copa; por eso me pagaban. Te pillaré, zorra, pensé mientras pedía un par de copas y me acercaba a su podio en la barra. Estaba rodeada de hombres, pero se fijó en mí. Era el nuevo, y sabía cómo quitarme el sombrero.
El alcohol barato puede hacer q un hombre sea incapaz de conducir en esas curvas q llenaban un ceñido vestido. Ahí me rendí. Perdí la partida cuando mi mano tembló al acercarle su copa y me sonrió.
Eché una mirada alrededor. En aquel club de jazz habían sustituido el aire por humo, el ruido por música y las mujeres se paseaban por mi mirada como si vivieran en ella. Pero solo los ojos de mi acompañante podían hacer un solo en ese caos armonizado de tabaco y notas desencajadas. De repente la noche se convirtió en un binomio de saxo y ojos fríos.
Al final de la noche tenía toda la información para meterla entre rejas, o para llevarla a mi cama. Me juró que si se desnudaba jamás volvería a vestirse ante mis ojos. "Lo siento, princesa, otra vez será". Cogí el teléfono y marqué el número.
24/01/2012
Don Perillón
Tiempo aproximado de lectura: 5 minutos y medio
De repente te encuentras delante del espejo, desnudo, limpio y aun un poco húmedo. Tu cuerpo es más o menos lo que esperabas que fuera. Pocas sorpresas da el espejo, especialmente cuando la rutina diaria te obliga a revisitar esa masa de carne con demasiada barriga y demasiado poco cabello. Ni siquiera te entristece ver lo alejado de la imagen que tienes delante con respecto de aquella que quisieras ver o tal vez imaginas que podrías ser, o tal vez solo hipotetizas sobre si podría ser real.
Pero después de mirarte unos segundos a los ojos -¿de verdad estos ojos de perro triste son tuyos?- y en tu camino descendente para comprobar si tu pene sigue siendo tan pequeño como ayer, te cruzas con esa maravillosa mata-de-pelo-para-filosofar, también conocida como perilla. Admiras como día a día ha ido creciendo hasta llegar a tocarte la clavícula teniendo la cabeza bien erguida, porque no, de orgullo.
Te resulta fácil de recordar aunque difícil de creer como ha llegado tu bello facial a desarrollarse hasta semejante magnitud. Hace aproximadamente un año, una mujer te comenta que la perilla cuanto más larga mejor. A las pocas semanas la perilla va creciendo y empieza el sexo. Parece una simple regla de tres: a más perilla, mas sexo. Eso se cumple durante algunos meses. La mujer te dice “me gusta tu perilla” y seguís en la cama. Puesto que en ningún momento parece gustarle ninguna otra faceta de tu cuerpo o personalidad, es lógico para ti asumir que tu único atractivo es tu bello facial, y lo has conseguido gracias a ella, que te animó a dejarlo crecer. Le das las gracias las noches que duermes solo mientras acaricias tu pelo-de-pensar. Pasado el tiempo, la perilla sigue creciendo pero disminuye el sexo. Te dices a ti mismo que algo falla, tal vez deberías empezar a usar mascarillas, pero no te lo puedes permitir, porque el aumento de caprichos de la mujer es directamente proporcional a la disminución de afecto por su parte.
Finalmente llega el día de hoy, ya no hay mujer, ni mujeres, ni cosa parecida. El espejo te da la razón en que sin perilla eres del montón. Con ella sigues siendo del montón, pero tienes una enorme perilla. Le agradeces al espejo su aprobación pero le cuentas con la mirada que aunque tengas ese maravilloso pelaje mandibular, sigues sin sexo, sin dinero, sin trabajo y sin expectativas.
Después de pedir una cerveza en un bar y sentarte tranquilamente a leer en una mesa te das cuenta de que un hombre delante de ti te está mirando fijamente. No sabes si sentirte incómodo o halagado, pero por el momento le dejas que mire: la cerveza te durará media hora por lo menos y hay un libro en tus manos más interesante que ese hombre con rastas y mirada curiosa. Piensas que seguramente está admirando tu perilla. ¿Lo hará con envidia o desprecio? Empiezas a incomodarte cuando se levanta, se te acerca, y se sienta contigo, cara a cara.
Quiero esculpirte –dice
¿Perdona?
Me gustaría esculpir la cara de mi padre en tu perilla, ¿me dejarías hacerlo?
¿Estas ligando conmigo?
No. He pensado que podríamos hacerlo, exponerte en un museo, y en la inauguración afeitarte. Podríamos ganar dinero.
Bien. Deberías haber empezado con el dinero en lugar de las miraditas.
Lo siento, pero, ¿te interesa? No he visto perilla como la tuya.
Y así sin proponértelo acabas cediendo lo único de valor que había en ti y tu cuerpo a un loco para que cree su obra de arte.
Pasáis semanas probando diferentes gominas y productos para el pelo. Todo de las mejoras marcas. Él te cuenta que los 3 meses que tenia de alquiler los invertirá en este proyecto y supone que no te importará que viva en tu casa este tiempo. Supone mal, pero le dejas quedarse porque cocina bien.
En este tiempo tu cara se convierte en el mástil de un barco pirata, la llama de una vela, un cochinillo en un plato decorado, el anzuelo en el que ha picado un pez de pelo negro, y otras figuras que a tu juicio resultan bastante humillantes. Descubres las incomodidades de tener esculturas en el cuerpo, especialmente a la hora de dormir, o al acercarse a un panal de abejas, que al parecer, se sienten atraídas por alguno de los productos que usa tu amigo. Cuando lo descubres le pides por favor que deje de usar miel y se limite a la gomina.
Pasados dos meses te ves con la cara de un señor completamente desconocido debajo de la tuya, como un tótem a la absurdidad de todo este proyecto. Sabes por la foto que se trata de un militar. Sabes también que es el padre de tu amigo. Y temes porque sabes que ahora viene lo peor: van a exponerte en un museo. Mientras tu compañero de piso se dedica a hacer llamadas a diferentes museos tú piensas si aquello es lo que veía esa mujer en tu perilla, a otro hombre, otro hombre que le gustaba más. Imaginas que miraba a tu perilla para no ver tu cara y poder imaginarse otra encima de esa barba. Cuanto más pelo, más espacio para su imaginación. Dudas si llamarla para invitarla a la inauguración, por lo menos así podrá admirar su creación y finalmente decides que puede ser una buena idea.
Cuelgas el teléfono y ves a tu escultor delante, mirándote, esperando para decirte algo.
No tengo muy buenas noticias... Los museos no están preparados para una obra tan innovadora y la han rechazado en todos. La única opción es un spot publicitario
Espera – le interrumpes-, no vamos a seguir con el proyecto.
¿Por qué? Podemos recuperar la inversión.
Ya no me interesa. Lo siento pero tienes que irte, ahora.
Te cuesta mucho menos de lo que esperabas echarle de tu casa. Te pones una bolsa para el pelo en la perilla y te pegas una ducha. Arreglas un poco la casa, enciendes algunas ramitas de incienso. Esa noche vendrá tu ex. Te ha dicho que está deseando montarse un trio con el militar de tu perilla y tú. Alguna vez tenía que ser la primera.
De repente te encuentras delante del espejo, desnudo, limpio y aun un poco húmedo. Tu cuerpo es más o menos lo que esperabas que fuera. Pocas sorpresas da el espejo, especialmente cuando la rutina diaria te obliga a revisitar esa masa de carne con demasiada barriga y demasiado poco cabello. Ni siquiera te entristece ver lo alejado de la imagen que tienes delante con respecto de aquella que quisieras ver o tal vez imaginas que podrías ser, o tal vez solo hipotetizas sobre si podría ser real.
Pero después de mirarte unos segundos a los ojos -¿de verdad estos ojos de perro triste son tuyos?- y en tu camino descendente para comprobar si tu pene sigue siendo tan pequeño como ayer, te cruzas con esa maravillosa mata-de-pelo-para-filosofar, también conocida como perilla. Admiras como día a día ha ido creciendo hasta llegar a tocarte la clavícula teniendo la cabeza bien erguida, porque no, de orgullo.
Te resulta fácil de recordar aunque difícil de creer como ha llegado tu bello facial a desarrollarse hasta semejante magnitud. Hace aproximadamente un año, una mujer te comenta que la perilla cuanto más larga mejor. A las pocas semanas la perilla va creciendo y empieza el sexo. Parece una simple regla de tres: a más perilla, mas sexo. Eso se cumple durante algunos meses. La mujer te dice “me gusta tu perilla” y seguís en la cama. Puesto que en ningún momento parece gustarle ninguna otra faceta de tu cuerpo o personalidad, es lógico para ti asumir que tu único atractivo es tu bello facial, y lo has conseguido gracias a ella, que te animó a dejarlo crecer. Le das las gracias las noches que duermes solo mientras acaricias tu pelo-de-pensar. Pasado el tiempo, la perilla sigue creciendo pero disminuye el sexo. Te dices a ti mismo que algo falla, tal vez deberías empezar a usar mascarillas, pero no te lo puedes permitir, porque el aumento de caprichos de la mujer es directamente proporcional a la disminución de afecto por su parte.
Finalmente llega el día de hoy, ya no hay mujer, ni mujeres, ni cosa parecida. El espejo te da la razón en que sin perilla eres del montón. Con ella sigues siendo del montón, pero tienes una enorme perilla. Le agradeces al espejo su aprobación pero le cuentas con la mirada que aunque tengas ese maravilloso pelaje mandibular, sigues sin sexo, sin dinero, sin trabajo y sin expectativas.
Después de pedir una cerveza en un bar y sentarte tranquilamente a leer en una mesa te das cuenta de que un hombre delante de ti te está mirando fijamente. No sabes si sentirte incómodo o halagado, pero por el momento le dejas que mire: la cerveza te durará media hora por lo menos y hay un libro en tus manos más interesante que ese hombre con rastas y mirada curiosa. Piensas que seguramente está admirando tu perilla. ¿Lo hará con envidia o desprecio? Empiezas a incomodarte cuando se levanta, se te acerca, y se sienta contigo, cara a cara.
Quiero esculpirte –dice
¿Perdona?
Me gustaría esculpir la cara de mi padre en tu perilla, ¿me dejarías hacerlo?
¿Estas ligando conmigo?
No. He pensado que podríamos hacerlo, exponerte en un museo, y en la inauguración afeitarte. Podríamos ganar dinero.
Bien. Deberías haber empezado con el dinero en lugar de las miraditas.
Lo siento, pero, ¿te interesa? No he visto perilla como la tuya.
Y así sin proponértelo acabas cediendo lo único de valor que había en ti y tu cuerpo a un loco para que cree su obra de arte.
Pasáis semanas probando diferentes gominas y productos para el pelo. Todo de las mejoras marcas. Él te cuenta que los 3 meses que tenia de alquiler los invertirá en este proyecto y supone que no te importará que viva en tu casa este tiempo. Supone mal, pero le dejas quedarse porque cocina bien.
En este tiempo tu cara se convierte en el mástil de un barco pirata, la llama de una vela, un cochinillo en un plato decorado, el anzuelo en el que ha picado un pez de pelo negro, y otras figuras que a tu juicio resultan bastante humillantes. Descubres las incomodidades de tener esculturas en el cuerpo, especialmente a la hora de dormir, o al acercarse a un panal de abejas, que al parecer, se sienten atraídas por alguno de los productos que usa tu amigo. Cuando lo descubres le pides por favor que deje de usar miel y se limite a la gomina.
Pasados dos meses te ves con la cara de un señor completamente desconocido debajo de la tuya, como un tótem a la absurdidad de todo este proyecto. Sabes por la foto que se trata de un militar. Sabes también que es el padre de tu amigo. Y temes porque sabes que ahora viene lo peor: van a exponerte en un museo. Mientras tu compañero de piso se dedica a hacer llamadas a diferentes museos tú piensas si aquello es lo que veía esa mujer en tu perilla, a otro hombre, otro hombre que le gustaba más. Imaginas que miraba a tu perilla para no ver tu cara y poder imaginarse otra encima de esa barba. Cuanto más pelo, más espacio para su imaginación. Dudas si llamarla para invitarla a la inauguración, por lo menos así podrá admirar su creación y finalmente decides que puede ser una buena idea.
Cuelgas el teléfono y ves a tu escultor delante, mirándote, esperando para decirte algo.
No tengo muy buenas noticias... Los museos no están preparados para una obra tan innovadora y la han rechazado en todos. La única opción es un spot publicitario
Espera – le interrumpes-, no vamos a seguir con el proyecto.
¿Por qué? Podemos recuperar la inversión.
Ya no me interesa. Lo siento pero tienes que irte, ahora.
Te cuesta mucho menos de lo que esperabas echarle de tu casa. Te pones una bolsa para el pelo en la perilla y te pegas una ducha. Arreglas un poco la casa, enciendes algunas ramitas de incienso. Esa noche vendrá tu ex. Te ha dicho que está deseando montarse un trio con el militar de tu perilla y tú. Alguna vez tenía que ser la primera.
23/12/2011
Propósito de 22 de diciembre (otra vez llega con retraso)
Es probable que los sueños no se cumplan, pero las pesadillas definitivamente lo hacen: hoy he visto una persona –más concretamente una mujer (más concretamente una mujer muy gorda)- comprar Coca Cola, Bollicaos, y comida para perro –de marca blanca. El cerebro es muy ágil para estas cosas, y ha sucedido algo similar a cuando ves una persona –más concretamente una mujer (más concretamente una mujer atractiva)- comprar condones: asociar ideas. Puesto que en ninguna mente humana cabría la posibilidad de que un perro bebiera Coca Cola, solo quedaba la de una mujer comiendo comida para perros.
Tal imagen me ha hecho enloquecer hasta el punto de replantearme muchos aspectos de mi vida, entre otros, el hecho de que tengo un blog que debería usar más. La verdad es que no prometo nada, pues nada os debo, pero lo intentaré.
PS: Si algún día llego a mil visitas, prometo comprar comida para humanos al perro de la señora gorda de las Coca Colas.
19/04/2011
Assaig sobre la naturalesa del pessimisme
Temps estimat de lectura: 2 minuts i mig
Al llarg d’aquest petit assaig, intentarem quantificar la diferencia entre els pessimismes i els optimismes passius.
Com a primer postulat podríem afirmar que les bones opcions –a partir d’ara faré servir “opció” com a sinònim de “possibilitat”, “característica” o “circumstancia”- acostumen a venir de forma inesperada, per la qual cosa podem deduir que esperar bones opcions no és productiu ja que aquestes es produiran quan no s’esperen, de manera que seria una frustració del propi optimisme. Aquesta primera idea ja desfà el concepte que molts tenen de l’optimisme.
Deixeu-me, doncs, fer una nova definició de les paraules optimisme i pessimisme, ja que a dia d’avui, la definició del diccionari s’allunya bastant de l’ús que en fem. L’optimisme es esperar i creure que passaran coses bones. Que davant de diferents possibles resultats en una situació, trobarem el bo, o un dels bons. El pessimisme, per altra banda es viure en la convicció de que en una mateixa situació, obtindrem els pitjor dels resultats.
Arribat aquest moment, posem-nos una mica matemàtics tots plegats. Dibuixem en un paper una línia que vagi de 0 a 100. Situem el resultat neutre en el centre, sobre el 50. Se’ns planteja una situació qualsevol. El pessimista, situarà les seves expectatives sobre el 0. L’optimista, en canvi, les situarà en qualsevol punt entre el 50 i el 100. La mitja aritmètica, per tant, serà qualsevol punt entre el 0 i el 50. Així doncs, podem afirmar que:
1 pessimista + 1 optimista = ½ pessimista
Què passa en el moment d’afegir optimisme a la fórmula? En primer lloc, estem parlant en termes utòpics, ja que es molt difícil trobar en un conjunt mes persones tanta esperança descompensada. Però però no desestimar el mètode científic, plantegem-nos la hipòtesi de que ens trobem 2 optimistes al costat d’un pessimista, han d’arribar a l’hospital, i l’única manera que tenen d’arribar es amb un taxi. No tots creuen que el taxi arribi a temps. El pessimista (en endavant P) es situa en el punt 0 de la línia. Els optimistes (O1 i O2) se situen en punts dispersos entre el 50 i el 100%. Això ho podem traduir en:
P: No arribarà el taxi a temps i em rebentarà l'apèndix
O1: El taxi arribarà a temps de sobra, el conduirà una taxista, i em donarà el seu telèfon
O2: El taxi arribarà just, però el taxista serà metge i em podrà operar al cotxe
En qualsevol cas, i obviant el fet sorprenent de que tres persones pateixin simultàniament en el temps i l’espai un atac d’apendicitis, els números ens criden un altre cop. O1 i O2 es conformen amb qualsevol expectativa entre el 50% i el 100%. Assumim una mitja de 75%. P espera 0%.
(75 + 75 + 0) / 3 = 50%
Acabem de demostrar de manera irrefutable que el pessimisme té el doble de pes que l’optimisme. Dit d’altre manera, home pessimista val per dos.
Al llarg d’aquest petit assaig, intentarem quantificar la diferencia entre els pessimismes i els optimismes passius.
Com a primer postulat podríem afirmar que les bones opcions –a partir d’ara faré servir “opció” com a sinònim de “possibilitat”, “característica” o “circumstancia”- acostumen a venir de forma inesperada, per la qual cosa podem deduir que esperar bones opcions no és productiu ja que aquestes es produiran quan no s’esperen, de manera que seria una frustració del propi optimisme. Aquesta primera idea ja desfà el concepte que molts tenen de l’optimisme.
Deixeu-me, doncs, fer una nova definició de les paraules optimisme i pessimisme, ja que a dia d’avui, la definició del diccionari s’allunya bastant de l’ús que en fem. L’optimisme es esperar i creure que passaran coses bones. Que davant de diferents possibles resultats en una situació, trobarem el bo, o un dels bons. El pessimisme, per altra banda es viure en la convicció de que en una mateixa situació, obtindrem els pitjor dels resultats.
Arribat aquest moment, posem-nos una mica matemàtics tots plegats. Dibuixem en un paper una línia que vagi de 0 a 100. Situem el resultat neutre en el centre, sobre el 50. Se’ns planteja una situació qualsevol. El pessimista, situarà les seves expectatives sobre el 0. L’optimista, en canvi, les situarà en qualsevol punt entre el 50 i el 100. La mitja aritmètica, per tant, serà qualsevol punt entre el 0 i el 50. Així doncs, podem afirmar que:
1 pessimista + 1 optimista = ½ pessimista
Què passa en el moment d’afegir optimisme a la fórmula? En primer lloc, estem parlant en termes utòpics, ja que es molt difícil trobar en un conjunt mes persones tanta esperança descompensada. Però però no desestimar el mètode científic, plantegem-nos la hipòtesi de que ens trobem 2 optimistes al costat d’un pessimista, han d’arribar a l’hospital, i l’única manera que tenen d’arribar es amb un taxi. No tots creuen que el taxi arribi a temps. El pessimista (en endavant P) es situa en el punt 0 de la línia. Els optimistes (O1 i O2) se situen en punts dispersos entre el 50 i el 100%. Això ho podem traduir en:
P: No arribarà el taxi a temps i em rebentarà l'apèndix
O1: El taxi arribarà a temps de sobra, el conduirà una taxista, i em donarà el seu telèfon
O2: El taxi arribarà just, però el taxista serà metge i em podrà operar al cotxe
En qualsevol cas, i obviant el fet sorprenent de que tres persones pateixin simultàniament en el temps i l’espai un atac d’apendicitis, els números ens criden un altre cop. O1 i O2 es conformen amb qualsevol expectativa entre el 50% i el 100%. Assumim una mitja de 75%. P espera 0%.
(75 + 75 + 0) / 3 = 50%
Acabem de demostrar de manera irrefutable que el pessimisme té el doble de pes que l’optimisme. Dit d’altre manera, home pessimista val per dos.
04/04/2011
Paraules nom i paraules cosa
Temps aproximat de lectura: 1 minut
No se sap ben bé perquè, però d’una manera intrínseca assumim que les paraules es diuen tal com s’escriuen i amb el seu significat. Sincerament opino que això es un error. M’explicaré. Jo per exemple sóc un noi d’una certa edat, amb el cabell curt i ulleres. I no per aquest motiu la gent em diu “Ei noi-de-certa-edat-amb-cabell-curt-i-ulleres, com va el matí?”, sinó que en canvi em diuen “Ei Dídac, com va el matí?”. A això em refereixo precisament. Si les persones, i els objectes tenen un nom indistintament de la seva aparença o funció, perquè les paraules no poden tenir-ne? En el cas d’una persona es posa el nom poc abans o després de néixer. En tot cas, és molt abans de determinar-ne la seva aparença o personalitat. En el cas dels objectes, es bategen en el moment en que s’ha determinat la seva funció i s’ha trobat un nom escaient.
Per tant crec que hauríem de tenir una llista de noms, amb els que anar batejant les noves paraules. Essent realistes, ja arribem tard a canviar noms com televisió, o tovallola, així que ens haurem de conformar amb paraules de nova creació. D’aquesta manera, hauríem de tenir una llista preparada, per cada cop que surti una paraula, poder-la batejar amb una altra. Així crearíem una nova divisió de les paraules: les paraules nom i les paraules cosa.
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